Por Eduardo González Viaña

Cuando José María vio que los soldados chilenos se acercaban, no intentó huir. La herida en la pierna derecha se lo impedía.

Semitendido sobre la arena del morro de Chorrillos, observó que los invasores estaban rematando uno por uno a los peruanos heridos.

Faltaban tres muchachos de su edad para que llegaran hasta él, pero José María sonrió.

Cuando el soldado alzaba la lanza para perforarle el vientre, tuvo tiempo para gritar pero estaba ronco.

Tenía 16 años. Había llegado desde Miraflores caminando para unirse a los defensores de la patria. No había hecho jamás ejercicios militares, pero creía que de toldas maneras podía ser útil.

El chileno de la lanza se detuvo asombrado al mirarle la cara.
-¡Eres una guagua!-dijo.

Volteó el rostro para pedir instrucciones a su superior:
-No es militar. Es un voluntario y es una guagua.

Pero el muchacho no pidió perdón. Continuó sonriendo. Tal vez pensaba que en el sitio donde había caído, sus compatriotas erigirían alguna vez un monumento a los héroes anónimos como él.
Apenas tuvo segundos para pensar. El soldado le hundió varias veces la lanza en el vientre y lo hizo con ferocidad caritativa “para que la guagua no sufriera”.

Si José María estuviera hoy de veras sufriría. Estamos en enero de 2017, exactamente a 136 años de su sacrificio, pero en vez del altar que soñó, un monumento al latrocinio y a la corrupción se alza sobre la tierra donde cayeran 2 mil mártires peruanos.

Se trata del denominado “Cristo del Pacífico”, y de Cristo no tiene nada. Es una cruz de resina de polister armada sobre estructura metálica y erigida, sin consulta previa, por el presidente Alan García con el auspicio de la firma brasilera Oderbrecht.

Ni un mes más. Ese engendro no debe seguir allí. Hay muchas razones. Entre ellas:

La primera: Es usar un santuario de la patria con fines políticos de codicia y de rapiña. Todo el mundo está enterado de ello por propias las confesiones de Oderbrecht.

La segunda: es un insulto contra la fe cristiana convertir la imagen del humilde maestro crucificado en el Gólgota en un satánico Señor de la Corrupción.

La tercera: es un atentado contra el carácter laico y no confesional de la República y una desnaturalización de los fines del Estado.

La cuarta: es el asesinato moral de un gran peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre, por parte de un hombre que alcanzó el poder fingiendo ser su discípulo.

Como se sabe, el 23 de mayo de 1923, Haya de la Torre lideró a las organizaciones estudiantiles y sindicales que trataban de impedir que el presidente Augusto B. Leguía, en connivencia con autoridades corrompidas de la iglesia católica, hiciera una supuesta consagración del país al Corazón de Jesús.

Esa protesta no tenía un carácter anti-religioso, sino un propósito cívico en defensa de la libertad de pensamiento. La acción del pueblo tuvo éxito, pero las tropas enviadas por el tirano embistieron contra los manifestantes con lanzas y balazos, y causaron la muerte de un estudiante y un obrero.

Esa jornada de lucha es considerada como el nacimiento de la alianza obrero-estudiantil y de la Alianza Popular Revolucionaria Americana. El contubernio entre el supuesto aprista García y la empresa delictiva brasilera convierte la religión en idolatría y borra de la historia la campaña moral del aprismo.

Para quienes mañana estudien el Perú de estos siglos, será imposible compaginar los miles de mártires y prisioneros apristas con el matarife que ordena el genocidio de centenares de presos políticos rendidos. Será difícil reconocer como discípulo de Haya de la Torre, quien murió sin dejar bienes materiales en su testamento, con el ávido García para quien el dinero llega solo… antes que al resto de peruanos.

José María vio cómo el soldado chileno le hundía la lanza una y otra vez. Tal vez hoy estaría diciendo: Saquen de aquí al Señor de la Corrupción. Ni un mes más.

 

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