Juzgando la decisión

Proclaman su inocencia. Se hacen las víctimas. Las verdaderas víctimas fueron los que creyeron en ellos.

¿Qué queda del nacionalismo parido en Locumba? Nada: sólo una estela excrementicia de dinero venezolano y brasileño, unas agendas negadas y admitidas, un rastro de lavado de activos, unos forajidos que hicieron de las suyas en los gobiernos regionales, unos muertos sin paz en Madre Mía.

Y una pareja que se creyó invulnerable, tocada por los dioses. Una pareja que llegó para traicionar su programa y entregarse a los designios de derecha que jamás los reconoció como suyos.

Qué triste es todo esto. Pero qué aleccionador. ¿Aprendamos? ¿No se nos olvidará la lección?.

La política no puede ser el territorio comanche donde monten su tienda los farsantes. Y los que se burlan de su electorado merecen el repudio popular.

Que no nos vengan ahora el señor Humala y la señora Nadine a decirnos que son víctima de la arbitrariedad.

Si no hubiesen robado, se les escucharía con respeto y se les auxiliaría con presteza. Pero el problema es que han robado. Se han puesto a la altura de los que se hundieron en el descredito por sus latrocinios.

Los puristas del derecho, esos que quieren la justicia implacable para los pobres diablos y la benevolencia para los encumbrados, dicen que el juez Concepción Carhuancho ha cometido poco menos que un crimen de ese proceso.

No voy a defender los aspectos formales del fallo de Concepción Carhuancho. Lo que no voy a defender tampoco es el derecho a la impunidad de este par de sinvergüenzas.

Dirá una instancia superior si se han violado algunas normas. Lo que no es dable es atacar al juez que se ha atrevido a poner preventivamente en la cárcel a quienes ya demostraron absoluta falta de escrúpulos, capacidad de comprar testigos, talento para ocultar pruebas, eficacia para borrar huellas y negarlo todo.

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