VICTORIA PÍRRICA

Quiero agradecer especialmente a César Hildebrandt por el espacio que hoy me permite en este semanario. Entiendo la desconfianza que puede suscitar en los lectores de esta revista política lo que vengo diciendo. Sería tonto desconocerlo. Pero propongo que construyamos un espacio, un puente, que nos permita conversar. Yo tengo la voluntad de escuchar a todos.

No creo en los muros, creo en los puentes. He tendido puentes hacia el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski e igualmente hacia el ex presidente Ollanta Humala, hoy detenido. ¿Cómo no lo haría hacia mi propia hermana? Con el permiso de los lectores me dirigiré a ella, entonces, en esta ocasión.

La carta que firman 23 congresistas, dirigida a ti y redactada cuidadosamente en los términos más respetuosos era para evitar que el asunto cobrara una dimensión pública políticamente dañada como hoy ocurre, pero cayó en un saco roto. Y lo mismo ha sucedido luego con los tweets publicado el miércoles por nuestro padre, Alberto Fujimori.

Pese a sus sentidas advertencias, encuentran oídos sordos. Peor aún, suscitan un agravio de parte de un miembro de la bancada al líder fundador. ¿Y ello merece reacción alguna del partido?

Te pregunto entonces, ¿Cuándo se entronizó la intolerancia en Fuerza Popular? El triunfo de la intolerancia siempre es una victoria pírrica, en la que a la larga se pierde más de lo que se gana.

Sancionado con una suspensión arbitraria, la sentencia de que supuestamente agravie – lo que no resiste análisis – reconoce implícitamente que el partido no tiene poder sobre el congresista cuando se trata de las libertades que la Constitución la garantiza.

Gana pues la libertad de los representantes sobre la imposición de los partidos. No podrán expulsarme con el pretexto del libre ejercicio de mis derechos. No obstante, en el debate de mi proceso disciplinario por el grupo parlamentario, un miembro de mi propia bancada pidió expresa y públicamente mi expulsión. Le agradezco, sin embargo, por haberse sincerado de manera transparente y abrazo fraternalmente a los amigos que no aceptaron considerar siquiera poner al voto mi expulsión.

Agradezco igualmente a los que votaron por la sanción menor que se me ha impuesto, porque no votaron en mi contra realmente y porque aprendo algo de ellos. Y felicito muy especialmente a mis amigos cercanos que votaron por la abstención o se ausentaron solo porque no quisieron votar contra la bancada. Comprendo su posición. No es fácil.

Me une a ellos en adelante un vínculo fraternal.

No he aceptado ninguna sanción. Ni siquiera la amonestación verbal que algunos buenos amigos me ofrecieron considerar para calmar las aguas.

Porque esta es una cuestión de principios en defensa no solo de mi derecho sino del de los congresistas de todas las bancadas y los de la mía propia, no importa como hayan votado el martes pasado.

El país necesita debatir públicamente el derecho de los partidos sobre sus representantes y en la otra mano, el principio constitucional de que los parlamentarios no se sometan a mandato imperativo alguno ni son responsables por sus votos y opiniones ante jurisdicción alguna.

Reitero mi agradecimiento, finalmente, a los lectores y periodistas de este semanario. Estoy seguro que compartir con todos ellos el propósito común de hacer del enemigo político, un adversario dentro de reglas civilizadas. En eso consiste construir puentes.

Fuente: Hildebrandt en sus trece

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